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Declaración de idiotez


Holden Caulfield era un idiota, como cualquier otro. Un desadaptado, vendió los regalos que sus padres le dieron sólo para divagar por la ciudad, criticando a los hipócritas que lo rodeaban mientras él mismo seguía siendo un hipócrita. Nos decía cuánto quería ver a su querida amiga, y al estar en el teléfono, simplemente colgaba o llamaba a alguien más. Odiaba a los adultos, en especial a aquellos que actuaban extrañamente como adultos, mientras que él tenía el cabello ya plateado a pesar de tener 17 años y contrató a una prostituta a través de un proxeneta sólo para hablar. ¿No es eso una actitud adulta y extraña al mismo tiempo?

Rodion Romanovich Raskolnikov evoca otro tipo de sentimientos. Empobrecido estudiante de derecho, a la merced de una vieja usurera, con quien ya ha abierto una gran deuda, y que por ello no podrá seguir estudiando su querida vocación. La idea de hacer que todos sus males desaparezcan de la noche a la mañana con sólo una acción, crece cada vez más y lo apesadumbra, lo abruma, y finalmente, lo empuja a realizarlo. Un asesino convicto de una veintena y tantos años, exiliado a Siberia a trabajos forzosos, nos parece más simpático que un chico que no logró aprobar casi ninguna materia de su colegio elitista y que ahora usa el dinero de sus padres para andar por la ciudad. ¿Fácil elección, no?

Pues, al leer ambos libros, suelo identificarme más con Holden que con Rodia. Holden es humano; es decir, contradictorio, manipulador, mentiroso, ensimismado y egocéntrico. Inclusive en la tranquilidad del hospital psiquiátrico en el que se encuentra, termina su historia concluyendo con una frase bajo la cual es más que evidente que no siguió: “Nunca le digan nada a nadie. Si lo hacen, empezarán a extrañar a todos”. Sin embargo, sus sentimientos no son de mala naturaleza. Todo lo contrario, su añoranza por un mundo más inocente, más limpio, más habitable, son netamente representados en la manera en que expresa su eterno cariño por su hermana menor. Para Holden, es algo inevitable. Él es humano.

Podría argumentar que Rodia también lo es: sus aires de grandeza, los cuales lo llevan a justificar el asesinato, son propios de nuestra especie. Sin embargo, el compás moral de Rodia es mucho más evidente y agudo que el de Holden, y en esta ecuación la edad no constituye una variable. Con dicho conocimiento, propio de un estudiante de derecho ruso en la San Petersburgo de mediados del siglo XIX, Rodia comete un crimen premeditado (aunque la mayoría de dicha premeditación constituyó solamente un fuerte debate moral), sufrió en silencio por su fechoría, estando a punto de morir por lo que podría definir como la explosión de dicho compás, lo cual contaminó su cuerpo, y sólo la confesión de sus crímenes lograría sanarlo. Su amada Sonia lo sigue hasta Siberia, y su vida, finalmente, no termina en tragedia. Encontró redención. Mientras, Holden no ha cambiado, y narra su historia desde una habitación, encerrado. ¿Redención?

Mi punto no es entrecruzar estas historias, pues aunque se podría hacer el esfuerzo por hacerlo, soy lo suficientemente perezoso como para evitarlo. Adam Granduciel estaría decepcionado. Sin embargo, éste es precisamente mi punto: dos vidas, ambas buscando une raison d’être, algo que los empuje a seguir, especialmente algo que muchos anhelamos: un nuevo comienzo. Una vida lo logra, otra no. ¿Cuál es más cercana a la experiencia humana? ¿Es Vincent Moon más culpable que Rodion Raskolnikov? ¿Es más aceptable moralmente acceder a las pretensiones de Vautrin que vender el nombre de los años a megacorporaciones?

En todo lo que se puede conjeturar sobre obras literarias, pocas cosas me han chocado tanto como la caracterización de Holden Caulfield como un “anti-héroe”. La moralidad la perdemos cuando la esperamos nada más de parte de los personajes de una obra de ficción, y nos escandalizamos cuando éstos no lo son, especialmente en un nivel tan leve y típico como el de Holden. No digo que haya que ser más como Holden y menos como Rodia, o viceversa. Sin embargo, con toda seguridad, me declaro afín a Holden: un tonto que alguna vez se le ocurrió abrir su boca para comunicar lo que piensa, lo que desea, lo que percibe, a quienes creyó que les interesaría, que creyó en las personas equivocadas, que pretendió alguna vez sentirse escuchado por ellas, quien se supuso y sigue suponiendo un obstáculo para sí mismo en un extraño caso de auto-síndrome de Estocolmo, un sentimentalista empedernido, un hipócrita sin remedio, un anti-héroe. Me declaro un idiota, como cualquier otro.

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