Entro a leer las noticias en La Nación y noto algo muy peculiar: dos artículos de opinión seguidos. Uno es de Jacques Sagot. El otro es de Juan Carlos Hidalgo. A grandes rasgos, son dos escritores/opinólogos profesionales que comparten poco en común: uno es pianista, interesado en la literatura y en las cuestiones humanísticas. Altanero como egomaníaco, y un saprissista empedernido. El otro, por su parte, es especialista en política pública, melodramáticamente utilitario y consumido por la enfermedad think-tanquinera llamada Instituto Cato, el cual suena más elegante de lo que realmente es. Ah, y también es saprissista.
Sí, estoy siendo injusto con ambos, porque ésa es mi debilidad. En realidad, ambos hacen puntos interesantes en sus discusiones, aunque la mayoría son fuera de contexto.
Dentro de todo el aspecto mediático que involucra el quehacer periodístico, los opinólogos han entrado con fuerza (desmedida, tarjeta roja, diría Ramón Luis) en los medios de comunicación. Estos profesionales de La Opinión Pública (LOP, marca registrada, todos los derechos reservados) se han encargado de tergiversar la línea entre los hechos y el análisis de estos hechos (periodismo) y sus agendas u opiniones. Claro, esto no es del todo su culpa; los medios crearon esta profesión con el objetivo de, primero, impulsar y validar sus líneas editoriales al recrear una realidad alrededor de ellas, y segundo, generar ruido (buzz, dirían en Anglosajonalandia) para atraer visitas y generar ingresos por medio de la publicidad.
Esto no quiere decir para nada que no deberíamos escuchar o leer opiniones: de hecho, las secciones de opinión en los distintos diarios nacionales se han prestado ocasionalmente para nutrir debates y encontrar puntos de vista de expertos en temas en los cuales no tendríamos medios para conocer las bases de distintos argumentos. Sin embargo, las columnas semanales de opinión sí me parecen, en su mayoría, de muy bajo nivel, con un único objetivo de provocar el muy maligno, odiado y tan deseado autobombo. Observemos nada más cómo se llaman estas columnas: han pasado de no tener nombres (sólo los títulos de cada columna), a tener un nombre propio, un paso efectuado conscientemente para propiciar un espacio “desafiante”, “atrevido”, “la otra cara de la moneda”, “singular” o hasta “inédito”.
La columna de Juan Carlos Hidalgo se llama “De Frente”, para contrastar con la manera en que se habla en nuestra cultura latinoamericana, donde a todo se le da largas para no resolver nada por miedo a tomar decisiones equivocadas o difíciles. Además, con este nombre se pretende establecer que el autor no tiene miedo, que va con los tacos de frente y que su crítica va dirigida a quien se le deba hacer. Según fuentes anónimas dentro del equipo editorial de La Nación, el nombre original de la columna iba a ser “Pichazo en la jeta”, e iba a ser publicada en La Teja. Esta idea se dejó de lado puesto a que “La Grandota” tomaba mucho espacio, aunque el contenido de la columna era de la misma calidad de producción e ingenio.
¿Qué tienen en común Juan Carlos Hidalgo y Jacques Sagot aparte de la malaise morada? Pues que los dos intentan impregnarle esa etiqueta intelectualoide a un medio tan manoseado y desaprovechado como La Nación al hablar en puros absolutos. No hay espacio para la duda, ni para la vacilación, ni para puntos de vista adversarios, pues esto sería una señal de debilidad. Sagot tiene una excusa para evadir críticas: él reclama su derecho de recrear un personaje, el cual es quien escribe sus columnas, y critica el hecho de que se le tilde de cierta manera pues argumenta que no lo conocemos en persona como para lanzar críticas a su personalidad. Parafraseando al gran filósofo griego Louis CK, discípulo de Pitágoras y fervientemente anti-Sófocles (de acuerdo, eso no es cierto, él es neutral con respecto a la cuestión sofoclática), no te corresponde a vos decidir si sos o no un imbécil: los demás son los que lo deciden basado en tus palabras y acciones. Lástima, car Monsieur Sagot a l’air intelligent.
Finalmente, no veo cómo este tipo de opinología pueda ser encaminada hacia algo productivo para un verdadero debate de ideas. Para seguir el ejemplo de los columnistas de La Nación: Eduardo Ulibarri (cuya columna se llama “Radar”, lo cual debe ser un nombre irónico) es el exdirector de La Nación y exfuncionario de una administración verdiblanca; Nuria Marín (cuya columna se llama “Crítica Sana”, el cual es perfecto si por “sana” quiere decir “blandengue”) es la esposa del candidato presidencial liberacionista Antonio Álvarez Desanti y la principal contribuyente a su campaña (aparte de varios entusiastas indígenas panameños, supongo), y así podría seguir nombrando opinólogos que van y vienen, pero tengo pereza y sueño (Adam Granduciel sigue decepcionado).
Sí me gustaría rescatar a Jorge Vargas Cullell, una de las pocas voces que verdaderamente están interesadas en promover debate, hacer críticas enfocadas y precisas, e incentivar la investigación y el estudio de los temas contemporáneos que inciden en nuestras vidas (como Leonora Jiménez, Benito Floro o el desajuste entre la política fiscal y la política económica como obstáculo netamente estructural del Estado costarricense). Ojalá la opinología se convierta en opiniones nuancées de expertos en vez de un tipo de imposición de LOP en nuestras vidas. O que paguen bastante bien y que me den una columna en La Extra, ojalá llamada “Qué desgracia ser centroamericano”. O algo así, no sé.
Fe de erratas: En realidad, Jacques Sagot me parece una persona interesante. Juan Carlos Hidalgo, no.
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