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Cartaginerías



Es como Groundhog Day. Todos los 14 de setiembre, el presidente llega a la plaza Mayor de Cartago, al oeste de las Ruinas de Santiago Apóstol, dice algunas medias verdades en medio de un discurso recargado de patriotismo y de simbolismos que la gente no logra ni vagamente comprender (tampoco es que estén escuchando atentamente) y luego promete lo de siempre: un tren eléctrico, un hospital nuevo y la reconstrucción de la autopista. Luego, protestas a la cartaginesa contra el alcalde y el presidente, y se acabó otro 14 de setiembre, el más trascendente de nuestra historia, diría la administración de turno.

Medio en broma y medio en serio, he comentado que esta llegada del presidente en las vísperas de la celebración del día de la Independencia, es como un memorial insultante para los cartagineses de la pérdida del estatus de capital y de su subsecuente caída al abandono, feudalismo y tribalismo en el que se encuentra hoy. Es como si los poderes de la República quisieran recordar este hecho con una gran mofa hacia el cantón y la provincia al prometer estas obras básicas a los cartagineses.

Por supuesto que esta descripción es una exageración de los eventos y de la situación del cantón. Sin embargo, esto resume una de las características más reconocidas en los cartagineses: su costumbre a sentirse decepcionados. Desgraciadamente, nos hemos convertido inmunes, de una forma u otra, a la decepción: ya las promesas rotas no nos hieren, aunque siempre nos ilusionan como si fuera la primera vez.

Cartago es como un grupo de improvisación: regularmente mediocre, y en sus mejores momentos, llega a ser entretenido y esperanzador, tan sólo para regresar a su mediocridad. Sin embargo, no es una mediocridad hacia cómo se vive la vida en sociedad, sino hacia lo que se le exige a la vida en sociedad. Le exigimos muy poco a nuestra cotidianidad que crecemos pensando en alguna de estas dos cosas: uno, creemos que nuestro día a día es normal, o dos, simplemente nos acostumbramos.

¡No oséis romper con dicha mediocridad, que la muy noble y leal ciudad de Cartago te atacará con el sonido de su serrucho y de sus cuchicheos!

Al final, puedo declarar que si algo me ha dejado la vida en este cantón, es que comienzo a vivir mejor con las decepciones de la vida. Pero espero que no se me haga costumbre, que tampoco funciona así.

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