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La biblioteca (no se trata de libros)




Es inevitable que, después de mucho reflexionar, caigamos en cuenta de que la vida no es más que una serie de contradicciones que se enlazan gracias a las monumentales coincidencias por las cuales navegamos. Cada una de ellas nos hace adentrarnos más y más en nuestras vidas, como si fuéramos únicos e irrepetibles. Ésa es la gran trampa de la vida: hacernos caer en mentiras, las cuales creemos (o queremos creer) para conducir nuestras vidas por senderos socialmente construidos, donde no existen rótulos ni mapas, y tienden a confundir con sus falsos atajos e intersecciones.

Nuestras vidas no son únicas. Todos vivimos en la misma biblioteca (a lo Borges). Aquella biblioteca infinita, donde no existen libros repetidos, pero donde sin duda alguna todos coexistimos, nos hacen irrelevantes en el plano espaciotemporal de la historia. Sería ridículo afirmar que todos tenemos el potencial para cambiar el mundo, o siquiera nuestro mundo, pues eso sería un pensamiento completamente egocéntrico y vanidoso, poniendo, por el contrario, en evidencia nuestra pequeñez frente a la eternidad del universo que pesa sobre nuestras cabezas.

Sin embargo, nuestras vidas sí son irrepetibles. Para bien o para mal, nadie va a vivir exactamente lo que vivimos nosotros como individuos. Desde la manera en la cual razonamos, procesamos información, comprendemos nuestro alrededor, nos comportamos en sociedad, reaccionamos a eventos dramáticos, entre muchas otras cosas, sólo nosotros vamos a vivir esa extraordinaria cadena de eventos, y nunca lograremos comprender cómo lo viven los demás, pues las sensaciones son imposibles de transmitir.

Yo no te puedo explicar cómo es que Borges se mete en mi cabeza cada vez que escucho hablar de las Mil y una Noches, ni te puedo comenzar a describir la emoción que me embarga cuando escucho uno de tantos ganchos de Peter Hook, ni te puedo calificar con adjetivos la sumersión melódica bajo la cual James Murphy me devasta, ni te puedo hacer sentir las lágrimas contenidas en medio de una lectura de Bécquer, Blake o Darío. Estas reacciones simplemente son, y coexisten entre un mar de otros pensamientos más que no puedo procesar, recordar ni categorizar. De la misma manera, no podría comenzar a comprender la complejidad de vivir en circunstancias socioeconómicas distintas a la cual vivo ahora, inclusive si mis propios padres intentan recordármelo e inculcármelo. No puedo imaginar una vida de ermitaño, ni de piloto de avión, ni de mendigo o multimillonario, pues mucho de lo que se trata “comprender” significa “sentir”, y si uno no vive dicha experiencia en carne propia, es prácticamente imposible comprender.

Sin embargo, todos somos seres humanos. Poseemos ese poder de empatía, con la cual logramos comunicarnos con nuestros alrededores, llámese prójimo o ambiente. Así, todos podemos estar conscientes y tener una idea de lo que estar enfermo con una difícil enfermedad o lo que navegar a través del océano es. Al querer interpretar a través de nuestras experiencias y conocimientos todo aquello a lo cual no tenemos acceso, tergiversamos un poco la experiencia en nuestra mente, y muy probablemente caigamos en un sentimiento falaz. Sin embargo, esto no es inherentemente un problema. Sería un problema si dicho sentimiento no está basado también en el supuesto de que no conocemos dicha experiencia. En otras palabas, no es equivocado o espurio intentar comprender una experiencia si partimos del hecho en que, dentro de nosotros, dicha experiencia estará sesgada.

El hecho de que no seamos únicos no nos hace replicables, pero tampoco nos hace naturalmente especiales, lo cual no debería ni escandalizarnos ni entristecernos: debería liberarnos. No ser esencialmente especiales o tener alguna ventaja competitiva con respecto a los demás debería poner en perspectiva nuestras vidas desde un punto de vista ontológico, más allá de lo epistemológico, pues los medios no interesan, lo que importa es nuestra vida. No somos agentes meramente económicos, ni sociales ni culturales ni de ninguna de estas índoles. Simplemente somos seres humanos, y eso es excusa suficiente para intentar vivir como queremos en medio de una comunidad global de libros en una biblioteca infinita: todos somos libros, pero estamos escritos de maneras distintas.

Tal vez esta reflexión suene mucho a “basura existencialista” de mediados del siglo XX, o a una postura “amoralista de pacotilla” fácilmente censurable inclusive en la actualidad, donde en muchas sociedades la relatividad moral se ha impuesto al absolutismo moral, lo cual ha construido una gran batalla campal entre conservadores y progresistas. Tal vez esta reflexión parta de esa relatividad moral, o tal vez se codee con las grandes dudas sobre los estudios éticos que existen en sociedades más conservadoras como la nuestra, y todo esto únicamente reflexionando acerca de la experiencia humana desde un punto de vista completamente inofensivo y poco controversial. Al final de cuentas, el contenido de esas discusiones no interesa para el autor, sino el hecho de que ocurran. Las guerras culturales siempre van a existir, pues cuando la contracultura (en nuestro caso vendría a ser el progresismo social) se impone como el modo para alcanzar la igualdad, la cultura preponderante reaccionará cada vez con más vehemencia y con todos sus poderosos medios, pero con menos adeptos (aunque no lo parezca).

Al final de cuentas, desde mi perspectiva, la experiencia humana debe hacernos abrir los ojos en varios temas; por ejemplo, que todos vivimos de maneras distintas y que no son necesariamente mutualmente excluyentes, o que no lograremos jamás comprender al prójimo, pero sí podemos hacer el esfuerzo de interpretarlo bajo nuestra experiencia para lograr, al menos, empatizar, teniendo en cuenta que esta interpretación va a estar irremediablemente sesgada. Pretender que mi cosmovisión sobre la vida es la correcta no es solamente ignorante, injusto y poco ético, sino que predice un camino lleno de contradicciones y choques, cuyas consecuencias son como combustible para los discursos de odio y de exclusión. No se trata de sacar la moralidad de la ecuación en la búsqueda de la igualdad en nuestras sociedades, sino transformar esa moralidad para que refleje, desde nuestra experiencia, una empatía más verdadera entre los diversos individuos de la sociedad, y de esta manera, vivir en una verdadera comunidad.

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