Siempre había considerado a la ciudad como mi mejor amiga. Usualmente indiferente, pero infinitamente inspiradora, al igual que muchas de las personas a las cuales he intentado conocer a lo largo de mis años. Ella siempre guía si la intentás comprender, pero siempre confunde si la intentás subyugar.
Sí, hay muchas ciudades por ahí. Igual que amigos. Igual que vecinos y conocidos. Todos estamos en este mismo tiempo compartiendo este mismo espacio sin comprender las muy amplias contradicciones entre todos nosotros, y lo mucho que deseamos que nos entiendan se mezcla con la frustración de no ser entendidos. De ahí se explica un poco mi cariño hacia la ciudad: nadie te pregunta nada, nadie se mete en tu camino. No es válido intentar entenderlos a todos, pues las ciudades son tan grandes que hay campo para todos, no importa qué tan reducida sea la esquina que nos toque.
En algunas ciudades, seremos mejor recibidos que en otras. De esto, estoy seguro. No debemos preocuparnos demasiado, sólo son humores pasajeros que, dentro de algún tiempo, cambiarán; ojalá que para bien. La solución es seguir caminando, atravesando parques, observando rostros, contemplando estatuas y difundirse en la marea de carne y hueso, sin perder de vista que, al regresar a casa, seguiremos siendo los mismos. Por eso, siempre había querido a la ciudad ciegamente.
Pero pasan las calles, los tranvías y las estaciones. Pasan los rieles bajo nuestros pies, los pasos a desnivel, las zonas pedestres, los rascacielos y los grandes teatros. Pasan las personas... y no logramos que nos entiendan (¿las ciudades o las personas?).
Estamos encerrados en una habitación. En cada una de nuestras manos, tenemos la llave para salir por una de las dos puertas que existen en esta habitación, pero no podemos devolvernos si el resultado no nos gusta.
A través de una de las puertas, llegaremos a una ciudad gris, fría y ordenada. Nos orientamos fácilmente a través de ella, tenemos un trabajo sencillo y bien remunerado pero poco satisfactorio, y tenemos mucho tiempo ocioso, aunque no haya mucho entretenimiento en dicha ciudad. Tus amigos y familia no viven muy lejos, y aunque se reúnen regularmente, arrastran un resentimiento notorio en contra de sus vidas.
Si optamos por la segunda puerta, salimos hacia una ciudad húmeda y cálida, donde no hay trenes ni metros, pero todos sus ciudadanos recorren libremente sus calles y edificios en busca de lo que los haga felices. Se han construido muchísimos teatros, explanadas, parques y ferias, los cuales pasan colmados con una multitud que se entretiene con cualquier producto de mediana calidad. El desempleo es alarmante y hasta mortal, pero la fiesta no da paso a reflexiones políticas ni filosóficas sobre la vida. No hay lugar en dónde estar solo. La familia y los amigos no existen: todos viven de la misma manera.
Yo quisiera quedarme en la habitación, y recriminarle a la ciudad, así como canta Sufjan Stevens: “Friend, why don’t you love me?”.
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