Tal vez no exista un concepto con el cual este servidor se encuentre más en conflicto que con la “nostalgia de lo que no pasó”. Explico (dijo quien no sabe nada): consiste en extrañar algo que no sucedió en nuestras vidas. Es más un anhelo o un deseo de haber vivido la vida de otra manera, pero no por decisiones que erramos o que dejamos pasar; no. Simplemente, la coyuntura en la cual nacimos, nos impidió dichas experiencias.
Yo no soy Borges, por más que mi obsesión hacia su vida me haga creerlo. No soy argentino, ni criado en un ambiente literario. La literatura fue algo que encontré en mis años colegiales por mí mismo y que, con el tiempo, ha tomado un rol centralizado en mi vida. Disto infinitamente del intelecto y tacto de Borges (lo llamaría Jorge Luis, pero ni a eso puedo aspirar), y mis escritos son más expresiones mediocres de mi manera de ver las cosas.
De esta manera, me encuentro regularmente con el deseo de haber crecido de una manera distinta, en otro país, en medio de otras personas, viviendo una vida que no podría comenzar a vivir hoy. Sin embargo, este sentimiento es más que un anhelo: es básicamente un “pucha, ¿te acordás de todo lo que pudiste hacer cuando pequeño y que no hiciste? Pues acá está el resultado”. Es un rencor contra una serie de decisiones que no podría haber tomado, un resentimiento en contra de una palestra de obstáculos que evité en vez de dominar y sortear, o una excusa para hacerme sentir mal en medio de una pequeña tormenta en un vaso.
Siento celos, no como los de Camilo Sesto, sino celos mezclados con nostalgia. Quisiera vivir como Daniel. No hablo de mí, sino de aquel intérprete de sueños, quien sobrevivió a una lucha ante leones sin un rasguño, y que vivía con la gracia de Dios de su lado. Así quisiera vivir, con la gracia de un dios cualesquiera, viento a favor, universo conspirando a mi favor, etcétera.
O, al menos como premio de consolación, quisiera aferrarme eternamente a vos, estar bajo tu ala, vivir en tu guarida y caminar de la mano con vos, sea cual sea el destino. Sí, vos. Te estoy hablando a vos, o a Vos, o a vos, o quien sea que esté despierto, a aquél a quien aún sin el dulce manjar del silencio, sepa mantenerse despierto, pues este ruido, somnífero como nunca antes, quiebra mi voz y desparrama mis ideas dentro de una simple taza de café llena de superhéroes, minutos de fama y dinero.
Quisiera vivir en otra época, una época que extraño más que a nada en el mundo, la cual lógicamente no viví, pero que ansío regresar. Quiero encontrar el botón de reseteo, el interruptor para apagar la luz, o la vela para extinguirla, pero no llego a levantar mi brazo, en medio de la densidad palpable de la tensión humana, para encontrar la manera. Una manera.
Así que, Yulia, no te conozco y no te conoceré, pero allá te voy a esperar, en medio de alarmas rojas y propaganda soviética, atravesando las vitriólicas aclamaciones comunistas, y con el martillo en mi derecha y la hoz a mi izquierda, caeré de repente, pero no seré yo quien regrese.
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