No he logrado escribir absolutamente nada. Me siento vacío y gastado, y eso me enoja y me asusta. Llevaba mucho tiempo sin sentirme así con respecto a mi escritura. No logro elaborar frases simples, conectar ideas, revolverlas, sintetizarlas, anotarlas, vincularlas coherentemente y reiniciar el ciclo. Es como un impasse, un limbo incómodo que me constriñe de explotar esas ideas que rondan en mi cabeza (cada vez con menos frecuencia). Creo que eso sería lo más triste en mi vida: la muerte de la creatividad. En especial porque sólo tengo refugio verdadero en estas palabras que escribo.
El problema con el tiempo es que siempre nos da la sensación de estar en movimiento, de avanzar hacia el futuro, aunque estemos inmóviles. Así, no nos preocupamos porque la Tierra siga girando mientras, en la comodidad de nuestras casas, estemos perdidos en el tiempo, desconcertados y abrumados, pero con los audífonos al máximo queriendo viajar a través del tiempo hacia el pasado, tomar un tren europeo a través de los Cárpatos y atravesar las praderas templadas en una primavera fría pero resplandeciente. Sin embargo, al llegar a Chisináu, la línea férrea se pierde en medio de los edificios soviéticos y los amplios parques ya abandonados. El tren intenta seguir, pero es inútil: tambalea y se vuelca del lado en el que iba sentado, rompiéndose las ventanas violentamente. Los pasajeros parecen ignorar la escena y continúan algunos hablando entre ellos, otros durmiendo, y otros observando la ruta en un viejo mapa en algún lenguaje cirílico. Sólo yo salgo corriendo, completamente ensangrentado pero sin heridas aparentes, y busco un hospital, pero todos los edificios están clausurados por una cinta que lee “СССР”.
Giro a la izquierda, atravieso fuentes y portales, veo más edificios clausurados, giro a la izquierda, más edificios, giro a la izquierda... y me doy cuenta que estoy corriendo en círculos, pero que no puedo dejar de hacerlo, y que ahora corro cada vez más lento. Me siento atorado en el suelo, me esfuerzo por mover las piernas pero no lo logro; caí desfallecido del esfuerzo. Levanto la cabeza y me doy cuenta de que, oficialmente, había llegado a Ninguna Parte, donde todas mi ideas llegan a morir, y como un accidente entre dos carros visto en cámara lenta, fue inevitable ver cómo todas iban pudriéndose encima de una tierra infértil y árida.
Los nubarrones sobrevuelan el camposanto de mis pensamientos, de manera tal que las sombras dominan el paisaje en medio de árboles otoñales y de pájaros premonitorios. Ya lo anunciaban los gorriones: la lluvia se avecina y dispersa a los pocos presentes que, aún con los fuertes vientos del este resoplando sin cesar, rondaban aquel cementerio. “El tiempo manda en este país”, se decía en aquel entonces, “pues sólo el tiempo nos puede detener”. Finalmente, después de las liturgias correspondientes, la capilla cierra, y el silencio invade súbitamente los ademanes de los últimos visitantes que no se enemistaron con las lluvias, como si bajara el telón de un teatro al final de la pieza.
De repente, como en regresión, vuelven los Cárpatos azul profundo, las vistas euroasiáticas, el mar Negro, el cielo azul pálido y las praderas de trigo que se extienden más allá de lo que se percibe. La línea férrea se abre paso en medio de las cosechas, descubriendo graneros rojizos algo despintados, pero completamente dinámicos. La prospectiva de Odessa acaricia el corazón y alimenta el alma, pero aún queda mucho camino antes de llegar a Ekaterimburgo. O Ciudad del Cabo, o Nairobi, o Persépolis, o Hanói. Las conexiones comienzan a multiplicarse y parece que no hay lugar en donde este tren no pueda llegar. Las opciones son ilimitadas, lo difícil es construir el camino sobre la marcha.
Tiempo, tiempo y tiempo. Amy me dijo que el tiempo la fascinaba por lo valioso que es. Pero el tiempo no es sólo las manijas del reloj moviéndose, o los granos de arena cayendo; el reloj es la vida. Todo lo construimos entorno al tiempo, ya sea para que lo rete, para crear algo finito, para marcar un punto de llegada u otro de partida, o para mejorar su gasto. Pero nuestro tiempo es finito, ya lo sabemos. Lo que no sabemos es que el uso que hagamos del tiempo es infinito. Al final podemos ser infinitos, ya sea en nuestra propia mente precipitándonos hacia los vacíos que nunca quisimos determinar, o adentrándonos en todo aquello que nos emociona. Podemos estar perdidos, o podemos conducir sin rumbo, tener un bloqueo creativo, apreciar un aguacero o susurrar desde la cima del mundo. Pero como todo viaje, como todo camino, o como todo vector, nuestro paso se acaba. Ahora, es de nuestra propia determinación si nos quedamos en ese miedo, en ese enojo o en esa rencilla contra nosotros mismos, o si, por el contrario, nos abalanzamos al vacío, sin tener qué decir o sin saber qué hacer, y, como un tren, tomar las curvas al momento que lleguen y esperar que nuestra estación esté en el porvenir.
El problema con el tiempo es que siempre nos da la sensación de estar en movimiento, de avanzar hacia el futuro, aunque estemos inmóviles. Así, no nos preocupamos porque la Tierra siga girando mientras, en la comodidad de nuestras casas, estemos perdidos en el tiempo, desconcertados y abrumados, pero con los audífonos al máximo queriendo viajar a través del tiempo hacia el pasado, tomar un tren europeo a través de los Cárpatos y atravesar las praderas templadas en una primavera fría pero resplandeciente. Sin embargo, al llegar a Chisináu, la línea férrea se pierde en medio de los edificios soviéticos y los amplios parques ya abandonados. El tren intenta seguir, pero es inútil: tambalea y se vuelca del lado en el que iba sentado, rompiéndose las ventanas violentamente. Los pasajeros parecen ignorar la escena y continúan algunos hablando entre ellos, otros durmiendo, y otros observando la ruta en un viejo mapa en algún lenguaje cirílico. Sólo yo salgo corriendo, completamente ensangrentado pero sin heridas aparentes, y busco un hospital, pero todos los edificios están clausurados por una cinta que lee “СССР”.
Giro a la izquierda, atravieso fuentes y portales, veo más edificios clausurados, giro a la izquierda, más edificios, giro a la izquierda... y me doy cuenta que estoy corriendo en círculos, pero que no puedo dejar de hacerlo, y que ahora corro cada vez más lento. Me siento atorado en el suelo, me esfuerzo por mover las piernas pero no lo logro; caí desfallecido del esfuerzo. Levanto la cabeza y me doy cuenta de que, oficialmente, había llegado a Ninguna Parte, donde todas mi ideas llegan a morir, y como un accidente entre dos carros visto en cámara lenta, fue inevitable ver cómo todas iban pudriéndose encima de una tierra infértil y árida.
Los nubarrones sobrevuelan el camposanto de mis pensamientos, de manera tal que las sombras dominan el paisaje en medio de árboles otoñales y de pájaros premonitorios. Ya lo anunciaban los gorriones: la lluvia se avecina y dispersa a los pocos presentes que, aún con los fuertes vientos del este resoplando sin cesar, rondaban aquel cementerio. “El tiempo manda en este país”, se decía en aquel entonces, “pues sólo el tiempo nos puede detener”. Finalmente, después de las liturgias correspondientes, la capilla cierra, y el silencio invade súbitamente los ademanes de los últimos visitantes que no se enemistaron con las lluvias, como si bajara el telón de un teatro al final de la pieza.
De repente, como en regresión, vuelven los Cárpatos azul profundo, las vistas euroasiáticas, el mar Negro, el cielo azul pálido y las praderas de trigo que se extienden más allá de lo que se percibe. La línea férrea se abre paso en medio de las cosechas, descubriendo graneros rojizos algo despintados, pero completamente dinámicos. La prospectiva de Odessa acaricia el corazón y alimenta el alma, pero aún queda mucho camino antes de llegar a Ekaterimburgo. O Ciudad del Cabo, o Nairobi, o Persépolis, o Hanói. Las conexiones comienzan a multiplicarse y parece que no hay lugar en donde este tren no pueda llegar. Las opciones son ilimitadas, lo difícil es construir el camino sobre la marcha.
Tiempo, tiempo y tiempo. Amy me dijo que el tiempo la fascinaba por lo valioso que es. Pero el tiempo no es sólo las manijas del reloj moviéndose, o los granos de arena cayendo; el reloj es la vida. Todo lo construimos entorno al tiempo, ya sea para que lo rete, para crear algo finito, para marcar un punto de llegada u otro de partida, o para mejorar su gasto. Pero nuestro tiempo es finito, ya lo sabemos. Lo que no sabemos es que el uso que hagamos del tiempo es infinito. Al final podemos ser infinitos, ya sea en nuestra propia mente precipitándonos hacia los vacíos que nunca quisimos determinar, o adentrándonos en todo aquello que nos emociona. Podemos estar perdidos, o podemos conducir sin rumbo, tener un bloqueo creativo, apreciar un aguacero o susurrar desde la cima del mundo. Pero como todo viaje, como todo camino, o como todo vector, nuestro paso se acaba. Ahora, es de nuestra propia determinación si nos quedamos en ese miedo, en ese enojo o en esa rencilla contra nosotros mismos, o si, por el contrario, nos abalanzamos al vacío, sin tener qué decir o sin saber qué hacer, y, como un tren, tomar las curvas al momento que lleguen y esperar que nuestra estación esté en el porvenir.
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