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Alejandro Nevski


No quiero seguir volviendo al mismo punto. La vida se trata de seguir hacia adelante, ver hacia el futuro, dejar atrás toda la carga del pasado y construir un camino nuevo. Pero esté donde esté, piense lo que piense, haga lo que haga, no logro desechar todas las viejas imágenes que pasan frente a mis ojos. El pasado es el combustible del presente; obviarlo se ha vuelto imposible para mí. Cada vez esas imágenes se vuelven más borrosas, más desgastadas y estrechas, pero impactan como si fuera la primera vez que las siento. El “qué hubiera pasado” se ha vuelto una droga para mí, pues no sólo no la puedo dejar, sino que busco como un sabueso sus efectos.

Cuando, en una noche invernal frente al Neva, me pierda como siempre en las mismas imágenes, será porque estoy consumiendo esa droga como si fuera la última vez que la pruebo. Pero nunca es la última. No sólo viajo a través del tiempo para hacer y deshacer; también me pierdo en un mar de sinapsis y vacíos emocionales que entorpecen mi memoria. No se me hace fácil reconstruir ni deconstruir momentos, pues nunca logré vincularme emocionalmente con mis alrededores. Por eso, cuando pienso en un lugar en el que estuve, logro recrear el instante por las memorias que intentaba recabar en aquella calle, en aquel parque o aquel tren. Creo que esa insatisfacción al momento de crear una memoria nítida y clara ha incidido en mi obsesión fisiológica y psicológica de ficcionalizar mis recuerdos, y así, explorar escenarios que nunca ocurrirán, con diálogos que nunca se dirán y miradas que nunca serán cruzadas.

Te puedo perfectamente recitar un evento mundano, cualquiera, poco trascendente como si hubiera sido el fin del mundo. Aquellos momentos en los cuales una risa, una palabra puesta específicamente en una parte de la oración, un ademán o el rechinar de una silla me conecta de manera exprés a aquel momento y lo puedo recrear sin perder detalle. Pero los episodios más impactantes de mi vida, en donde he estado desconectado de mi cuerpo, son aquellos que se encuentran rayados cuales discos regrabables. Estos recuerdos son difíciles de describir a detalle, pues en ese segundo, yo fantaseaba, divagaba en mi mente o soñaba despierto, intentando no tanto desconectarme per se de la realidad, sino tratando de transformarla en mi mente.

Cuando entro en esa espiral descendiente, no existe otra ruta: siempre es la misma secuencia, al mejor estilo de la animación a mano, pues independientemente del punto de inicio, lentamente la historia se repite. Siempre termino al lado de lo que me daña, como un barco en medio de aguas enrarecidas, con el timón perdido, en dirección a un huracán. No es mi intención, al menos consciente, de dirigirme allí, pero sean las aguas, los vientos, la gravedad o por la obra y (des)gracia de algún ser extracorporal o metafísico, tiendo a cometer los mismos errores, a pensar los mismos pensamientos y a volver al mismo punto.

El báculo de mi mente logra, de vez en cuando, sacarme y hacerme avanzar de tal situación, y de esta manera, detengo la caída libre y puedo regresar a mi estado natural de ligera desconexión. O eso quisiera pensar yo. He invertido emocionalmente tanto en mi propia vida, en mis propios errores y éxitos, que no reconozco ya dónde comienzo a ganar ni a perder. Y no me interesa. Es ya todo parte de mí, de la única manera que sé vivir, de lo único que me queda por defender en medio de tantos espejos proyectando mentiras e ilusiones. Lo único que me queda no es real; es lo que no puedo alcanzar. Es la reconstrucción descarada del pasado, la cual comparto sólo conmigo. Nadie más la conoce, pues no existe más que dentro de mi imaginario. La pregunta necia sigue en el aire: ¿qué tanto quiero dejar que ese pasado, creado por mí, moldee mi presente?

Así que, sea frente al Neva, a orillas del Daugava, tentando el Báltico o el Adriático, divisando el golfo de Nicoya o sentado frente al Pacífico, con el Grande de Orosi a mis pies o atravesando el Sierpe, siempre voy a tener en mente las mismas ideas, los mismos recuerdos y a las mismas personas. Puede que sean distintos, pero los roles que juegan dentro de mí serán los mismos, y me sentiré igual, allá, aquí o acá.

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