No soy capaz, comprenderán, de articular siquiera mis más profundas afrentas, sea en pensamiento, en letras o imágenes. Siento cómo mi creatividad se disipa en medio de mis estúpidos pucheros y pataletas sin sentido, y termino sintiendo lástima por mí mismo de la manera más cliché y patética que puedan recordar en sus vidas. No se trata de nadie más; las personas vendrán y se irán, pero mi odio hacia mi necedad, hacia mis acciones y hacia las cosas más oscuras y decepcionantes de mi ser y de mi vida permanecerá, pues forma parte de la única manera que sé vivir.
No es tanto un odio hacia mí, sino más como un desamor propio. Cada vez que las cosas van bien, que parecen que hasta que al fin se acomoda todo y que el mundo por fin tiene sentido, comienzo a actuar de manera tal que me pone frente a una señal en vivo donde veo cómo todo empieza a desplomarse, como si fuera un edificio viejo por dinamitar. Ahí es cuando dejo de amarme, cuando pierdo ese cariño hacia mí mismo y me convierto en alguien que se tiene en una estima indiferente. Es como si no me conociera ni me quisiera conocer, como una persona a quien no te esforzás por reconocer aunque haya algo en su rostro que resulta familiar, pues no te resulta atractiva, interesante o relevante siquiera. Es un desamor abrasante, una amargura intensa y desdeñable, la cual puedo sentir infiltrarse en medio de mis entrañas.
He intentado cobijar y apaciguar dicha amargura con el objetivo de evitar caer en un círculo vicioso de soledad, impotencia y autodestrucción. El paso previo a ese círculo es el sentimiento de pena por sí mismo; este sentimiento ya lo he experimentado miles de veces, pero lucho contra él para no resbalar y caer en su abismo. Sin embargo, cada lucha incrementa mi hartazgo por esas decepciones, y se van acumulando sin tener claro que sucedería si se desbordan por completo.
De cualquier manera, las he sobrellevado extraordinariamente bien, tan bien que me asusta. Me asusta el hecho de no saber precisamente eso: ¿por qué sobrellevo tan bien tanta decepción? ¿Será que simplemente, en cualquier momento, iré a explotar con tanta frustración acumulada? O, por el contrario, ¿estoy ahora tan acostumbrado a esa frustración que me he vuelto insensible o hasta anestesiado frente a ella? Ambos escenarios me aterrorizan. El primero desencadenaría una serie de acciones que no reconozco en mí, que no me son naturales y que no podría reconocer porque no tengo idea de cuáles serán. Con respecto a lo segundo, sería una sentencia de muerte prematura, una vivencia adormecida de esta vida y por lo tanto, un desperdicio. Vería como normal la destrucción de mis sueños, los sueños serían una pérdida de tiempo, y me convertiría en todo lo que había jurado no ser: frío, distante, indiferente y amargo frente al mundo. Por momentos, creo que es así. Siento que soy insuficiente frente a todo y todos, y eso me convierte cada vez más insufrible, negligente y antipático.
Esta vez no hay otra versión de esta historia. Esta vez sólo existe una. Una versión seca, cruda, difícil de digerir y poco accesible. De dulce no tiene ni el nombre, y no encuentra finca en ninguna de sus entradas hermanas. Todo eso queda de tarea; ojalá la pueda terminar a tiempo.
Comentarios
Publicar un comentario